A veces el chico que me paró en la calle, que era la pareja de la chica del teléfono y que vivían en un piso muy pobre, quedaba conmigo en una de las cafeterías para charlar. Una de las cosas que me dijo en una ocasión, acerca de practicar la homosexualidad, era que si me lo tenía que pagar, me lo pagase. Otra de las cosas que me dijo es que, pensando en que no hubiera ni leyes ni Dios, si yo era una persona que fuera capaz de matar o hacer daño a un hombre que no quisiera relacionarse sexualmente conmigo, entonces es que yo tenía la horma de mi zapato.

Otra de las veces, quedé a comer en un restaurante chino con un chico de la secta que me gustaba. Este chico había confesado en una de las reuniones de la secta que de pequeño había sufrido abusos homosexuales. Una de las cosas que me dijo es que a la gente de la secta los que no les gustaban era la gente insensible, y que yo a diferencia de eso era muy sensible.

La chica que tenía novio en la secta una vez hablando conmigo me advirtió de lo negativo que era volverse duro y frío.

Reconozco que estuve varias veces yendo detrás del chico que me gustaba, incluso una vez le hice una visita en su trabajo, pero fue porque me lo aconsejó la persona que me había dado el teléfono de la secta, que era una amiga mía que era mormona.

El chico que me gustaba me evitó durante un tiempo, pero pasado más o menos un año una noche me invitó a su casa para “intentarlo”. En su casa había preparada una película porno, y porros, y me preguntó cuánto medía mi pene. De todos modos yo no estaba animado.

Continuará.

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