Quiero recordar a mi amigo del colegio, el único amigo que tenía. Era muy buena persona. Quería mucho a sus padres, a su abuela, a su hermano pequeño. Durante los recreos, jugábamos al Un, dos, tres. Tanto él como yo hacíamos tarjetitas de papel o cartulina de regalos de subastas con los temas que se nos ocurrían, y dedicábamos la media hora del recreo a jugar a la subasta.

A mi amigo le llamaban marica y a mí jilipollas. Le hacían de todo, le daban patadas, le perseguían, una vez que llovió mucho y el terreno estaba hecho barro lo tiraron al suelo y tuvo que ir a su casa a cambiarse, incluso una vez uno le abofeteó y le escupió y a mí intentó herirme la garganta.

Compartimos tres cursos, y al final se cambió de colegio porque las asignaturas yo creo que le resultaban difíciles, porque el curso anterior lo había repetido. Me acuerdo que una de las últimas veces que lo vi había quedado con otros niños amigos suyos que nunca había yo visto, y parecía contento. Me alegré por él.

No le gustaba mucho el afeminamiento, y eso a pesar de que él tenía la voz ligeramente fina.

Considero que las agresiones que he descrito debe uno considerarlas prácticamente como una broma, o como un preludio de lo que te puede suceder si emprendes el camino de la homosexualidad. Porque por ejemplo la penetración anal podría ser que te produjese calambres esporádicos en el esfínter, y si acabas teniéndolos encima te vas a tener que callar y aguantar.

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