Mi madre no debió mudarse conmigo a Murcia porque no se dio cuenta de que si se ponía mala yo no sabría cuidarla.

En 1992, cuando se aproximaba el final de su vida, me reveló en qué sillón estaban escondidas sus joyas, para que yo las salvase el día, según dijo, en que le diese viento a todo.

En 1989, cuando ya estábamos viviendo en Murcia, mi madre empezó de improviso a darme prisa para que cultivase alguna amistad con algún compañero e incluso para que me casase con alguna antigua compañera del colegio.

La semana de su enfermedad fue muy rara. El sábado 5 de diciembre de 1992 se levantó diciendo que se le había paralizado medio cuerpo. Vino un médico y le diagnosticó, creo recordar, un mononeurisma diabético. Durante una semana no vino ningún médico más, ni la ingresaron ni nada, sino que guardaba cama. En esa semana me acuerdo de un sobre de sopa de rabo de toro que me parece que duró varios días, y de una comida que intenté preparar en un bol de cristal, y de la que no me acuerdo salvo de un huevo cascado crudo que flotaba por encima. El sábado 12 de diciembre de 1992 vino otro médico, muy simpático. Ese día, por la tarde, yo volví al piso con unas cajas de libros y de juguetes que me había traído de Cartagena, y me la encontré muerta.

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