Ya en el verano de 1993, respondió a mi anuncio el dueño de una inmobiliaria. Él decía que si aparentabas menos edad de la que tenías, podías decir la que representabas y no la real. Él decía que tenía cincuenta pero en realidad cumplía setenta en septiembre.

Una vez lo vi por la calle. Creo recordar que llevaba un peluquín moreno, y en esa ocasión vestía una camiseta blanca con tirantes y pantalones negros. Su mirada parecía algo perdida. Se me ha ocurrido pensar que quizá él me hacía sentir celos.

Durante el tiempo en que fue mi amigo, recibí en cierta ocasión una carta anónima en el buzón de mi piso. El sobre estaba vacío y algo arrugado, pero en el cierre del sobre venía escrita, con rasgos deformados, una palabra, que no voy a decir. Esta palabra era uno de los apellidos de mi amigo, pero resulta que también era el nombre de una calle de la ciudad de Murcia en que se ubicaba una casa que funcionaba de burdel homosexual.

Yo estuve en ese burdel en enero de 1992. Los chicos que me atendieron eran educadísimos, correctísimos, amables, y uno de los prostitutos me ayudó mucho. Porque me dijo que porqué no me operaba. Y es que yo tenía fimosis, y no lo sabía. En una revisión que nos hicieron a los niños en mi colegio de Cartagena no acertaron a descubrirla.

Años más tarde, en el burdel se degradó mucho la disciplina. Había bastantes personas que eran poco correctas.

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