El emperador Claudio llevaba precipitadamente el dedo pulgar hacia abajo antes de que el público tuviera tiempo de manifestar sus sentimientos, y hacía degollar incluso a aquellos gladiadores que hubieran caído por casualidad. Claudio ordenaba matar sistemáticamente a los reciarios vencidos porque, al no llevar casco, morían con la cara al descubierto y podía seguirse en sus facciones la angustia de la agonía. Bajo el reinado del emperador Claudio, bastaba con un pecadillo, una calumnia o un falso testimonio para que hicieran lanzar a las fieras al esclavo incriminado. Véase Roland Auguet.

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