En ese verano de 1993, como conté, me había enrolado en una agencia gay para encontrar pareja, pero que también admitía gente que buscase a alguien “sin ánimo de relación estable”, o sea que había espacio para mí. Mi tía de Cartagena me telefoneó en plan borde dictándome una serie de instrucciones de cosas que estaban sin hacer y llegó a colgarme el teléfono, llamando otra vez después como si hubiera sido casual. Yo me quedé confuso e inmediatamente después llamó un chico contactado por la agencia. Yo le conté a duras penas que había perdido la comunicación por teléfono y él se quedó tan confuso o más que yo. Es que a los murcianos, que son un bastión de la Iglesia puta y católica y de la extrema derecha, les gusta castrar a los homosexuales que no se reprimen y no les obedecen y no se muestran extremadamente sumisos. Bueno, pues cuando llegó al piso el chico, se quedó sorprendido de que no hubiera apenas muebles. Ya comenté que lo considero un acierto, aunque tal vez hubiera un exceso de espacios despejados. Y entre las cosas que me dijo, destaco que no se la iba a chupar y, cuando se despidió para irse, que me llamaría el sábado, y claro no lo hizo.

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